De corazones rotos

por Pablo Zárate

La hija de la señora Vecar, Adriana, se encontraba de visita en la casa del sátiro Zenón Santilán.
Ya por el segundo copetín, la muchacha dió rienda suelta a su disertación sobre lo mal que está el mundo y como nadie es capaz de apiadarse de los corazones rotos. Sobre todo el de ella.

Zenón, harto de ese cuento, la interrumpe:

— Las mujeres no deberían tener permitido hablar de amor. No entienden la poesía del asunto.
— ¿Pero de qué está hablando Zenón?
— Muy simple mi estimada. Ustedes, las mujeres, a toda historia de amor le agregan histeria en lugar de encanto. No comprenden que un corazón roto es muchísimo mejor que uno pleno y felíz.
— Pero no me ha oído; mi corazón está roto, se lo aseguro.
— Claro que la escuché. La escuché quejarse de ese corazón roto, la escuché rechazando su situación de desamor en lugar de abrazarla.
Vea, un verdadero enamorado busca el rechazo, el dulce abandono. Todo amor cumplido es la comprobación sobre la inexistencia de los amores imposibles. Y esa tragedia es demasiado grande. Demasiado grande para usted y para mi.

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