De muertes y resurrecciones
por Pablo Zárate
No es por mera casualidad la recomendación sobre lo oportuno que puede ser resucitar mas pronto que tarde, dado que, como muchos de ustedes saben, todo tipo de regreso se dificulta de manera proporcional al tiempo en que nos encontremos ausentes.
Las antiguas sectas brahmánicas no eran ajenas a este precepto, sin embargo poseían una dificultad técnica a la hora de volver a alguien de la muerte.
La tarea consistía en ponerse frente al finado y recitar de memoria seiscientos pasajes de las secretas escrituras. Al terminar con dichos cantos, el muerto despertaría de su letargo.
Dicha dificultad se presenta mas obvia que sana. Seiscientos pasajes son muchos y la facilidad de olvidarlos es mas cómoda que cualquier deseo de resucitación; tranquilamente uno puede intentarlo, pero hay chances que cerca del pasaje doscientos siete, nos invada la duda y nos preguntemos si vale la pena resucitar al ñato que yace frente a uno.
De más está aclarar que no se conocen casos exitosos.
Los chinos, por otro lado, poseían una practicidad mucho mas aconsejable: el Elixir de la Vida Eterna. Con sólo humedecer los labios en aquella bebida el vivo permanecería así para siempre, el moribundo sanaría y el muerto regresaría a la vida.
Hay, como era de esperarse, ciertas dificultades. En primer lugar, dicho brebaje no posee conservantes de ningún tipo, por lo tanto su preparación siempre ha de ser en el acto, en la mismísima necesidad de eternidad. En segundo – y no menos importante – la receta con todas las instrucciones para su compleja creación posee un carácter de secreto. Sus ingredientes, cómo mezclarlos, la temperatura del agua y demás datos obligatorios son desconocidos por los mortales.
Se cree, no sin cierta astucia, que sólo los ocho inmortales de la China son los dueños de tales secretos.
Sea cual fuese la forma que elijamos, es conveniente no tardar mucho a la hora de regresar de entre los muertos.
Cuánto mas tiempo no estemos, el olvido gana terreno. Por lo tanto, si la resucitación demora demasiado, aquel mundo al cuál ansiamos regresar se habrá modificado sin nosotros, muchísimas costumbres nos serían ajenas, los escépticos dirían que jamás nos habíamos muerto y nuestros seres queridos nos mirarían con ojos extraños.
Esto sólo quiere decir una cosa. La eternidad consiste en lograr no ser olvidado.
Y éste, quien les escribe, ha decidido convertir en inmortales a algunos ausentes.
