De las escondidas [ajenos recuerdos infantiles]

por Pablo Zárate

En la plaza donde jugaba de chico había un árbol enorme que ocupaba gran parte de la manzana.

Aquel árbol era el punto de inicio de casi todos los juegos que necesitasen cierta destreza física, tales como las carreras, las escondidas o la mancha.
Los límites y reglas de aquellas mini-competencias también se enumeraban bajo la sombra del robusto árbol.

Era muy difícil no sentirse un gladiador romano. Los juegos y las rivalidades eran realmente feroces.
El ganador, y sólo el ganador, podía acreditarse con tono imperial el título de amo y señor del universo —que en ese entonces se resumía al arbol y el perímetro que ocupaba su sombra—.

Durante los primeros días del verano del ’92 yo estaba en mi mejor momento. Salí ganador de las carreras por un tropezón accidental que tuvo el colorado Gonzales, un muchacho que en ese entonces oficiaba de contrincante.

Íbamos cabeza a cabeza, los dos corríamos como salvajes hasta que sucedió lo inevitable1.

Una piedra ruin —colocada estratégicamente— le ocasionó un accidente, costandole un tobillo y la victoria.

Yo festejé. El colorado lloró y jamás volvió a correr.
Se mudó al día siguiente y nunca más se supo algo de él.

Pues bien, mi condición de ganador me daba la posibilidad de elegir el juego para el día siguiente; por lo tanto seleccioné aquel en donde me sentía más apto, las escondidas.

Todos lo sabían, nadie me vencía en ese juego. Mis escondites eran realmente buenos.

Aún recuerdo la vez que permanecí oculto por el período de dos semanas enteras. Mi dieta a base de chocolate con maní me mantuvieron con la energía suficiente puesto que bien se sabe lo agotador que resulta no estar.

Muchos de aquellos que intentaban encontrarme —acaso aburridos por no hallarme en ningún lugar— comenzaron a pensar lo inevitable, que la tierra me había tragado o, lo que es aún peor, que jamás había existido y tan sólo fui una ilusión colectiva. A los ocho años, la segunda opción suele ser la más razonable.

Al día catorce me aburrí de esperar y salí a la luz. Y ya nada fue igual.

Los más desconfiados sostenían con convicción impecable que yo era otro y que venía en realidad a reemplazar a ese pibe que una vez se escondió y nunca más se volvió a ver.

Fueron años duros. Al principio les discutía. Les presentaba pruebas sobre mi identidad y me sometía a contestar preguntas que sólo yo hubiese podido contestar. Pero todo fue en vano, se negaban a creerme.

Con el tiempo y la insistencia acepté la decisión popular y viví gran parte de mi juventud creyendo que mi estadía en este mundo era pasajera y que estaba constantemente en peligro de modificación. Que algún día aquel que estaba reemplazando iba a volver, y luego tendría que irme en busca de nuevos ausentes para poder justificar mi condición de “otro”.

El tiempo pasó y entre espera y espera supe vivir las experiencias que le hubiesen tocado a ese chico: Me hice amigo de sus amigos y enemigo de sus malandras. Sufrí sus problemas y festejé sus logros. Me enamoré de sus novias y las traté con gentileza. Finalicé sus estudios. Fui un buen hijo para sus padres y también un buen hermano. A veces, por las noches, soñaba sus sueños o me asustaba con sus pesadillas.

Han pasado varias primaveras y es al día de hoy que casi ni recuerdo quien era antes de ser un reemplazante
Pero no importa.

Bien habrá valido la pena cuando llegue el momento en que aquel niño regrese y yo pueda tener la chance de contarle su vida.

Canta el coro:

No podemos saber quienes somos…

Soy un sueño del ayer, una humillación
que viene del pasado.
Un viento que se fue. Un fuego artificial
que se apagó en tu cielo.
Soy una vieja canción,
que ya no cantará tu voz.

— Lírica por Alejandro Dolina.

  1. “inevitable” porque yo lo había planeado []