Uno jamás lo ve venir.
Las cosas importantes nunca se presentan con un aviso previo. Una señal. Un aura.
A veces sospechamos y nada sucede; otras, todo sucede y nos quedamos atónitos sin mover un músculo.
El huracán está girando. Arrastra con todo. Lo cambia todo.
Haré lo que hago siempre. Apostar alto mientras pueda.
[...] Mira que tú fuiste el rey,
con tu cetro en la mano
y los ojos clavados en gente
que sabes que no, no llegarás a conocer
ni aunque vivas mil años
y el cielo se postre a tus pies,
pero su mirada no se despega de tu pantalón.
Y echas a andar por la ciudad
y atraviesas un nuevo canal.
Huyes del rojo y azul del neón,
vas en busca de algo que huela distinto al amor. [...]
Zenón Santilán supo ser japonés.
O por lo menos eso ponía en su currículum cuando hablaba de sus previas experiencias laborales.
Es que para Zenón, ser extrajero, más que una condición es una profesión.
Como buen japonés ejecutó a la perfección las artes de la tintorería, el tango y las tradicionales poesías cortas, conocidas como “haiku”.
Esas poesias fueron tan importantes para él que publicó un libro con sus haikus más célebres.
Aquí transcribiré algunos de ellos:
“Cuando suben minas,
como usted,
el saltamontes duda.”
“La sinceridad que opera
sobre terreno conocido
es mera reiteración.”
“Mentí a ella,
vió mi envido,
cerró paraguas.”
“Enamora la chance
de hacer diferencia
la indiferencia.”
“Quieto, mi vida,
la guita
o la misma.“
El astro Sebastian Moon canceló sus charlas por tierras japonesas por culpa de este libro.
Es de saber popular sobre los enigmas ocultos que poseen algunas puertas. No todas son tan inofensivas como parecen.
En la antigüedad clásica se demuestran hechos de sus características mágicas y, en algunos casos, maléficas.
Los egipcios evitaban las puertas a toda costa. Para separar una habitación de otra se las ingeniaban con modestas cortinas o bien pintando un marco de color en ambos lados del cuarto.
Cada color diferenciaba el adentro del afuera.
Günther Smith, el romántico de Mercedes, en sus típicos domingos de asado siempre encontraba la oportunidad de contar un episodio que padeció la primera vez que su padre lo llevó al club de Hechiceros, Alquimistas y Magos.
Me tomaré la libertad de transcribir parte de la historia:
— El club dónde residen estos extraños caballeros es una casona de aspecto muy lúgubre. Parece sacado de una película de horror.
Algunos afirman que la cantidad de habitaciones que posee equivale a la cantidad de cabellos que tenía “La Dama del Lago”. Otros, en cambio, dicen que en realidad es una sola habitación pero con la facultad de moverse y repartirse constantemente en toda el área que ocupa la casa.
Lo cierto es que la cantidad de habitaciones no son importantes, sino sus puertas.
Todas son iguales y ninguna te lleva al mismo lugar dos veces seguidas. Hay puertas que te conducen al pasado, otras al futuro; están las que te lleva a una zona imaginaria y hay otras que te dirigen al baño público de la cancha de Racing.
Los mismos miembros del club se pierden constantemente y muchos no son vistos por largos períodos.
Me gusta creer en el valor poético de este lugar. La casona y sus habitaciones son el Universo y todas sus puertas, los paradigmas y los misterios.
¿Y acaso no se trata de eso la vida? ¿De abrir puertas? ¿De perderse por pasillos de incertidumbre hasta dar con la habitación de la certeza?
Aquellos que tienen poco que ofrecer siguen creyendo que una puerta es un objeto de madera con picaporte. Son el tipo de gente que se queda con esquemas aburridos para conseguir una falsa sensación de seguridad.
Supongo que ahora sabemos cómo distinguir a los que están afuera de los que están adentro.
Ellas: Tenemos una pregunta. ¿De dónde proviene la palabra “Silueta”?
Yo: En el Siglo XVIII existió un político frances, de alto rango… un nene bien… que estaba medio loquito.
Al tipo le fascinaba – acaso para enamorar alguna dama – recortar los manteles de las mesas de la corte para hacer formitas geométricas o figuras.
El nombre de este señor era Étienne de Silhouette y de su apellido nace la palabra por la cuál me estan atosigando.
Balder, el hijo del dios nórdico Odín y la diosa Frigg, sufría de terribles pesadillas. Todo el tiempo soñaba con su muerte.
Este hecho lo atormentaba de tal manera que su madre, para tranquilizarlo, hizo jurar a todas las cosas que no le harían daño.
A los efectos de la moralejas y enseñanzas mitológicas o por simple descuido divino, Frigg olvidó pedir ese juramento al muérdago, dado que lo consideraba muy joven como para semejante obligación.
Un día, mientras los dioses se divertían arrojándole cosas a Balder (dado que nada podía dañarlo), el dios Loki — quien sabía de la única debilidad de Balder y por quien sentía un gran desprecio — tomó una rama del muérdago, la afiló haciendo de ella una especie de dardo y se la dio al dios ciego Höd.
Höd, quien era el otro hijo de Frigg, se negó a jugar a tirarle cosas a su hermano justamente por su condición de no vidente. Loki, ofreciendole ayuda para que se divirtiese un rato, lo guió y le dió el dardo de muérdago. Al lanzarlo, el muérdago atravesó el corazón a Balder quien murió en el acto.
No se tardó mucho en descubrir que Loki estaba detras de este acontecimiento, y los dioses decidieron castigarlo.
Lo encerraron en una cueva y le pusieron cadenas para que no se escape. Cada tanto, una serpiente le lanzaba veneno a la cara provocandole un gran sufrimiento.
La historia dice que cada vez que Loki sentía un dolor, la tierra temblaba.
Según una profecía nórdica, tras un largo tiempo encadenado, Loki hallaría la fuerza para liberarse y desafiar a los dioses que lo castigaron.
Al mismo tiempo un poderoso frente de seres malignos daría inicio una lucha contra los dioses.
Los monstruos hijos de Loki serán algunos de ellos: el lobo Fenrir romperá sus cadenas y vencerá al sol y la luna; la serpiente del mundo, Jormungand, vencerá a la tierra, y Hel comandará a sus guerreros, fantasmas de los infiernos.
Todos lucharán, y casi todos los seres vivos, buenos y malos, morirán. Hacia el final de la batalla, el gigante Surtr escupirá su fuego aniquiliando a los que lograron sobrevivir.
Sólo algunos se salvarán: Yggdrasil, el Árbol del Mundo, y dentro de él, un hombre llamado Lif (vida) y una mujer, Lifthrasir (deseo de vivir).
Y cuando el fuego de la destrucción se apague por fin, Lif y Lifthrasir surgirán para fundar una nueva raza humana en un mundo idílico de bondad y felicidad.
Asumiendo que el mundo en donde estamos no es como lo describe la profecía, puedo concluir dos hipótesis.
La profecía es una chantada criolla (lo criollo que puede resultar la cultura nórdica)
El fuego de la destrucción aún no se ha apagado y estamos lejos de habitar un lugar de bondad y felicidad.
Sebastian Moon es un hombre de cambios constantes y con la mirada siempre clavada en el futuro.
Lo cual es confuso, dado que es un autoproclamado enemigo del tiempo y amigo de la nostalgia .
Las contradicciones son usuales y encantadoras por parte del Sr. Moon.
Siempre que alguien le consulta sobre su pasado, Moon responde ofendido con uno de sus latiguillos mas conocidos:
— Es inutil hablar del pasado y de los regresos. Nadie ha vuelto a ninguna parte y tampoco el pasado desea que alguien retorne.
Tal vez algo de mi apariencia le dio a entender al conductor que debía darme una charla para amenizar el viaje.
— Voy a amenizarle el viaje con una conversación
Dijo el conductor.
— Seré curioso, ¿qué tópico abarcaremos? Imagino que debe ser fútbol, tal vez política o, a lo mejor, mujeres. — Temo que subestima mi intelecto. A diferencia de otros compañeros taxistas, mi mente no es tan estrecha como usted imagina.
Si no le molesta, me gustaría reflexionar sobre los lugares comunes de los argentinos… cómo aquellas peticiones de principios que muchos tienen (o tenemos). Vea, le daré un ejemplo. Antes de que usted suba, una señora dijo algo acerca de esa idea que tenemos algunos sobre poseer la avenida más ancha del mundo… y no le voy a mentir, le confieso que alguna vez he estado orgulloso de eso y le aseguro que no he sido el único…
— Suele ser así. Algunas personas buscan orgullos fáciles… es decir, aquellos que requieren poco esfuerzo o que están al alcance de cualquier idiota.
Haciéndose el desentendido, el taxista ignoró por completo mi comentario leonino y continuó con su discurso…
— Lo cierto es que todos los orgullos nos hacen felices… — ¡Un momento! — Exclamé — Ud. me está diciendo que existe aquella persona cuyo único sustento de su felicidad es la de haber nacido en un país con la avenida más ancha del mundo? — Sí, desde luego. — Ya veo… — Fruncí el ceño, dando la idea de estar macerando un pensamiento y acoté — Pobres desgraciados.
— ¿A qué se refiere? — Me preguntó mientras se rascaba el oído medio con la punta de su dedo meñique.
— Las personas cuya felicidad consiste en hechos tan simples viven inquietas ante la amenaza inminente de su destrucción. Su dicha posee una pronta fecha de caducidad. Su felicidad es finita.
— ¿Finita? … ¿Pronta… qué tan pronta? ¿Cuándo?
— Muy pronta. En el momento que algún ingeniero civil de otro país construyera una avenida todavía más ancha… En esa simple idea nace la inquietud. Una inquietud sólo comparable con la que poseen los enamorados satisfechos. Las personas que viven amores venturosos transitan calles de dudas y peligros. Y el amor no es otra cosa más que una situación de peligro; en cualquier momento viene otro, en cualquier momento lo que hoy me gusta, mañana ya no.
— El amor está sujeto a cambios…
— Y el tener la avenida más ancha del mundo también. Más tarde o más temprano algún desgraciado aparece, construye una más ancha que la nuestra y nos sume en la vergüenza del haber sido y ya no ser.
El taxista hizo un gesto de aprobación, bajó la banderita “de libre” y me dijo:
— A todo esto, no me ha dicho a dónde vamos.
— Vamos por Av. Rivadavia a ninguna parte…
— Av. Rivadavia… la más larga del mundo. Qué fácil es ser patriota.
Me permitiré narrar — quizás con palabras más acertadas — un hecho del que fui partícipe hace ya algunos años.
Un grupo de muchachitas, a quienes llamaremos “las ninfas de las incógnitas“, decidió someterme a una serie de preguntas de índole pretencioso.
La veracidad de las respuestas no era de gran importancia, la unica condición era que aquello que yo contestase debia ser narrado en forma de historia.
Es decir, poseer una introducción, un nudo y un desenlace.
La pregunta consistía en porqué existe el invierno. Y la historia que narré decía mas o menos así…
Se dice que del amorío entre Zeus1 y Deméter2 nació una niña llamada Perséfone.
La bella Perséfone no pensaba en el amor o en el matrimonio, ya que estaba demasiado ocupada ayudando a su madre a recoger las cosechas cada año.
Un día, Hades3, paseando por esos pagos, se fijó en Perséfone y el orden natural de todas las cosas se vió alterado.
Lo cierto es que Hades estaba muy enamorado. Y todos sabemos como son los enamorados, padecen de egoísmo y suelen ejecutar decisiones poco inteligentes.
Los dioses de la era clásica, no eran ajenos a estos síntomas.
Deméter necesitaba de su hija para hacer fértiles las plantas de la Tierra. Por lo tanto todo el mundo sabía que ella negaría el permiso de cortejar a Perséfone por miedo a perderla.
Hades, al tanto de esa situación, decidió obrar de manera clandestina…
Un día, mientras Perséfone se encontraba sóla recogiendo flores junto a unas ninfas, un gran agujero se abrió delante de ella.
Mitad por curiosidad, mitad por comodidad histórica, Perséfone se asomó por el agujero y de la nada Hades se le apareció raptándola y llevándola a los infiernos4.
Al darse cuenta de la desaparición de su hija, Deméter se afligió y la buscó por todo el mundo.
El caso es que en semejante travesía olvidó recoger las cosechas y descuidó un poco la Tierra, ocasionando que poco a poco las plantas se secaran y muriesen.
Abro paréntesis…
Se dice que Deméter resignó su búsqueda en Eleusis, donde descansó sobre un bloque de piedra que desde entonces se lo conoce como la “Piedra sin Alegría“.
Allí Helios — el sol, que todo lo ve — le contó lo que había sucedido.
Cierro paréntesis…
Zeus se dio cuenta que si las cosas seguían de aquella forma, la tierra y sus habitantes pronto morirían. Por lo cual, en un acto fraternal, habló con Hades y le pidió de manera amable que le entregara a Perséfone. Hades, que continuaba enamorado, hizo berrinches de niño chiquito y se negó.
No quedando otra opción, Zeus ordenó a Hermes a que fuese al infierno y rescatara a Perséfone.
Hermes aceptó la misión y se tomó el colectivo que lo dejaba en la esquina del infierno. Una vez allí, habló con Hades lograndolo convencer.
La única condición que se puso para liberar a Perséfone fue que no probase bocado alguno en todo el trayecto de regreso a la Tierra.
Todos conocemos como sigue esta historia…
Hades se las rebuscó para que Perséfone comiera seis semillas de granada condenandola para que pasara mitad de año en la Tierra, ayudando a su madre con las cosechas, y la otra mitad en los infiernos, cumpliendo sus debéres conyugales.
Durante los seis meses que Perséfone pasaba en los infiernos, la Tierra sufría de una “muerte temporal“…
En estos tiempos modernos, nosotros llamamos a ese fenómeno: Invierno.
Para finalizar, y fuera de programa, el tema que ilustrará esta breve y fantástica explicación del invierno es una pieza clásica titulada “Penas de amor” de Fritz Kreisler.
El nombre lo dice todo, claramente habla de lo que pensó Deméter al enterarse quién iba a ser su yerno.