Reflexiones de taxi 3, ‘El patriota’
Tal vez algo de mi apariencia le dio a entender al conductor que debía darme una charla para amenizar el viaje.
— Voy a amenizarle el viaje con una conversación
Dijo el conductor.
— Seré curioso, ¿qué tópico abarcaremos? Imagino que debe ser fútbol, tal vez política o, a lo mejor, mujeres.
— Temo que subestima mi intelecto. A diferencia de otros compañeros taxistas, mi mente no es tan estrecha como usted imagina.
Si no le molesta, me gustaría reflexionar sobre los lugares comunes de los argentinos… cómo aquellas peticiones de principios que muchos tienen (o tenemos). Vea, le daré un ejemplo. Antes de que usted suba, una señora dijo algo acerca de esa idea que tenemos algunos sobre poseer la avenida más ancha del mundo… y no le voy a mentir, le confieso que alguna vez he estado orgulloso de eso y le aseguro que no he sido el único…
— Suele ser así. Algunas personas buscan orgullos fáciles… es decir, aquellos que requieren poco esfuerzo o que están al alcance de cualquier idiota.
Haciéndose el desentendido, el taxista ignoró por completo mi comentario leonino y continuó con su discurso…
— Lo cierto es que todos los orgullos nos hacen felices…
— ¡Un momento! — Exclamé — Ud. me está diciendo que existe aquella persona cuyo único sustento de su felicidad es la de haber nacido en un país con la avenida más ancha del mundo?
— Sí, desde luego.
— Ya veo… — Fruncí el ceño, dando la idea de estar macerando un pensamiento y acoté — Pobres desgraciados.
— ¿A qué se refiere? — Me preguntó mientras se rascaba el oído medio con la punta de su dedo meñique.
— Las personas cuya felicidad consiste en hechos tan simples viven inquietas ante la amenaza inminente de su destrucción. Su dicha posee una pronta fecha de caducidad. Su felicidad es finita.
— ¿Finita? … ¿Pronta… qué tan pronta? ¿Cuándo?
— Muy pronta. En el momento que algún ingeniero civil de otro país construyera una avenida todavía más ancha… En esa simple idea nace la inquietud. Una inquietud sólo comparable con la que poseen los enamorados satisfechos. Las personas que viven amores venturosos transitan calles de dudas y peligros. Y el amor no es otra cosa más que una situación de peligro; en cualquier momento viene otro, en cualquier momento lo que hoy me gusta, mañana ya no.
— El amor está sujeto a cambios…
— Y el tener la avenida más ancha del mundo también. Más tarde o más temprano algún desgraciado aparece, construye una más ancha que la nuestra y nos sume en la vergüenza del haber sido y ya no ser.
El taxista hizo un gesto de aprobación, bajó la banderita “de libre” y me dijo:
— A todo esto, no me ha dicho a dónde vamos.
— Vamos por Av. Rivadavia a ninguna parte…
— Av. Rivadavia… la más larga del mundo. Qué fácil es ser patriota.
Zeus se dio cuenta que si las cosas seguían de aquella forma, la tierra y sus habitantes pronto morirían. Por lo cual, en un acto fraternal, habló con Hades y le pidió de manera amable que le entregara a Perséfone. Hades, que continuaba enamorado, hizo berrinches de niño chiquito y se negó.
De todos los personajes históricos que poseen un lugar especial en mi memoria, Jorge III del Reino Unido es — tal vez — uno de los más cómicos de relatar.
